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martes, 1 de marzo de 2011

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Queridos pastores…
Hoy me desperté con una gran necesidad de orar por nuestros valientes jóvenes que participan en Misión Caleb. Sé que Dios está regocijándose en el cielo, junto a todos sus ángeles, pues este trabajo está llevando esperanza a todo el Perú. Gloria a Dios por cada joven y señorita que decidió entregar parte de su tiempo libre al servicio del Señor; ese mismo tiempo que otros jóvenes utilizan para mezclarse con vicios, malas amistades y perder sus vidas en el pecado. La emoción me embarga al pensar en toda esas almas que están recibiendo la semilla de la verdad en sus corazones y tengo la plena convicción de que cada joven que está participando de este proyecto recibe, en cada misión que realiza, una doble porción del Espíritu Santo. Quiero agradecerles, de todo corazón, por el trabajo que ustedes realizan por nuestra iglesia y quiero abrirles mi corazón para compartir una experiencia que me llena de esperanza…
Soy hija de pastor, un pastor que salió al culto del viernes por la noche, en un pequeña iglesia de Tocache, y nunca más volvió. Sí, mi padre falleció dedicando su vida al servicio del Señor. Mi familia trabajaba en la zona “roja” de Tocache, menciono que era zona roja, porque los terroristas habían tomado cuenta del lugar; esto ocurría allá por el año 1993. Un día papá llegó a la casa y encontró una amenaza escrita, los terroristas le estaban dando un plazo para que saliera de Tocache y si no lo hacía toda nuestra familia moriría. Papá tenía un espíritu muy aventurero y jovial, siempre estaba con los jóvenes y llevaba a todo lado su guitarra y a su pequeña hija de 4 años, esa pequeña era yo. Tengo recuerdos muy marcados de éstos días y los conservo en mi corazón como una motivación para continuar mi trabajo en la obra del Señor. Algo que recuerdo es que mi papá siempre decía que en este mundo sólo había que temerle a Dios… Por este motivo, decidió quedarse en Tocache, a pesar de las 2 advertencias más que le llegaron para abandonar el lugar. Pero llegó la época de cambios, y mi familia fue enviada a otro campo misionero. Era tiempo de vacaciones y decidimos venir a Lima para estar con los familiares y amigos, y el término de este período, papá volvió solo a Tocache para comenzar la mudanza… La última vez que lo vi fue el día de mi cumpleaños, cuando terminábamos la celebración con la familia. Recuerdo que me abrazó muy fuerte y derramó algunas lágrimas al decirme lo orgulloso que estaba de mí y pedirme que dedicara mi vida a servir al Señor. Oramos juntos y luego lo vi desaparecer en una camioneta blanca, moviendo efusivamente su mano hasta perderse en el camino. A veces pienso que él sabía que no volvería más, pues Dios lo llamaría al descanso; pienso así porque ese día se despidió singularmente de muchas personas de la familia… Ese viernes, cuando papá regresaba de la iglesia, fue abordado por los senderistas, quienes lo cuestionaron severamente. “¿Acaso no tienes miedo de morir?” – le preguntaron, a lo que mi padre respondió: “Yo solamente temo a Dios”… Nunca quise enterarme de los detalles de su muerte, sólo sé que el hombre que acabó con su vida se volvió loco y se perdió en el monte, vociferando que había matado a un inocente… Hoy aguardo la segunda venida de Cristo, y la aguardo con ansias. Quiero ver a Jesús y llorar en su regazo, llorar de emoción y agradecimiento frente a mi salvador. Quiero también conocer a mi ángel, mi fiel compañero y guardián en mi paso por la tierra. Y finalmente quiero estar presente en ese momento glorioso, cuando los muertos en Cristo resuciten primero y yo vea resucitar a ese joven pastor que tanto extraño; quiero ver la expresión de su rostro al encontrarse con ese Cristo de quien tanto predicó. Sí, quiero volver a abrazar a mi padre y decirle que cumplí con la promesa que le hice a los cinco años, promesa de trabajar para el Señor por el resto de mi vida.
Hoy sentí la necesidad de contarles mi historia porque sé que cuando trabajamos para Dios, Él se regocija; pero hay alguien que brama en el silencio. Hay alguien que está viendo todo el trabajo que realizamos con Misión Caleb y planea cómo destruirnos. Hay alguien que gruñe con odio cada vez que un titular, en los medios de comunicación, anuncia que los jóvenes adventistas están sirviendo a la comunidad. Pastores, siento que estamos despertando al león dormido, y este vendrá con furia a arremeter contra la iglesia de Dios. Por eso les escribo, porque sé que muchos jóvenes deben estar pasando por problemas, desánimo, miedos, angustias y enfrentando terribles tentaciones… Pero hoy más que nunca precisamos no temer, no dudar y proseguir con esta obra. Misión Caleb está causando polémica y es muy probable que el enemigo ponga trabas para que desanimemos, pero seamos valientes en Cristo y pidamos su fortaleza para proseguir. Me emociona hasta las lágrimas ver cómo este proyecto avanza a pasos agigantados, pero también me invade una fuerte necesidad de oración y dependencia del Señor, pues sé que hay alguien trabajando en contra.
De todo corazón, espero que el Señor prospere este proyecto y a cada persona involucrada en él. Un saludo afectuoso para ustedes, hombres escogidos por Dios para desarrollar este ministerio.
Un fuerte abrazo.
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Silvia Tapia Bullón
Productora y Locutora

1 comentarios:

  1. bello testimonio y gracias por que de verdad me ayuda a comprometerme mas con los jovenes bendiciones....

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